sábado, 22 de mayo de 2010

La mision

- No voy a seguir buscando a Dios.

Dean ya estaba casi dormido, envuelto en la somnolencia satisfecha de después del sexo, pero esas palabras le hicieron abrir los ojos de nuevo e incorporarse sobre un codo para mirar a su compañero de cama a la cara.

- ¿Qué estás diciendo?- preguntó, casi sin voz- ¿Por qué? ¿No decías que estabas seguro de que Él sigue ahí, en alguna parte?

Había estado temiendo ese momento desde aquel maldito viaje al futuro que Zachariah le había regalado. La versión de Castiel que había visto allí no era el producto de la pérdida de su poder, sino de su fe. Dean le conocía lo bastante como para entender la diferencia, y sabía muy bien que el momento en que perdiera la esperanza de encontrar a Dios sería el principio de su fin. Eso era algo que Dean no estaba dispuesto a permitir que ocurriese.

- Aún lo creo- respondió el ángel, y Dean respiró aliviado, aunque por poco tiempo-. Pero he estado pensando mucho en ello y he llegado a la conclusión de que Dios no quiere ser encontrado, Dean. Y siendo así, no hay nadie en todo el universo capaz de hacerlo. ¿Qué sentido tiene seguir perdiendo el tiempo buscándole?

- ¿Así de fácil?- replicó Dean con vehemencia-. ¿Te surgen un par de dificultades y ya te rindes? ¡Se supone que esto era importante para ti! Joder, Cas, si yo hubiera pensado igual que tú, seguramente mi padre todavía le estaría sirviendo de traje al cabrón de los ojos amarillos. Si no quiere que le encuentren, pues tendrás que esforzarte un poco más y punto.

- No se trata de eso- contestó Castiel en tono conciliador-. No me asustan las dificultades, pero he comprendido que Dios vendrá cuando sea el momento adecuado. No nos abandonará, Dean.

Una mezcla de sentimientos contradictorios se agitó dentro del pecho del cazador. Por una parte, ver que Castiel seguía manteniendo su fe intacta mitigaba su miedo por él, pero al mismo tiempo le invadió una pesada amargura que no se molestó en tratar de disimular:

- ¿Y a qué coño está esperando, eh?- preguntó con dureza- ¿Es que no están las cosas lo bastante mal todavía?

El ángel llevó una mano hasta el pelo de Dean y enredó sus dedos entre los cortos mechones, masajeándole el cuero cabelludo. Atrajo la cabeza del hombre hacia él para poder besarle dulcemente, en un claro intento de aplacar su enfado, y aunque no le recriminó la blasfemia, Dean se sintió culpable igual.

- Él vendrá- susurró Cas contra sus labios-. Y entonces lo entenderemos todo. Mientras tanto, yo tengo una misión más importante.

- ¿Y cuál es?- Dean habló por inercia, casi sin prestar atención a lo que decía. Toda su capacidad mental estaba ocupada en esa boca, en que estaba tan cerca que podía sentir su calidez y en lo mucho que deseaba besarla de nuevo. Sin embargo, la respuesta de Castiel le despejó en una milésima de segundo.

- Protegerte. Protegeros a los dos, a ti y a Sam. Manteneros a salvo es lo más importante.

Claramente había una parte del cerebro de Dean que compartía composición química con el de una quinceañera sobrehormonada, porque al oír esa frase se puso a dar saltitos y a soltar risitas tontas. Afortunadamente, no era la parte que controlaba el habla. Ésa seguía teniendo treinta y un años y las pelotas en su sitio.

- Espera un momento- dijo, frunciendo el ceño con suspicacia. Se apartó ligeramente para poder ver su rostro, tratando de leer su expresión-. Todo esto no será por lo de esta tarde, ¿verdad?

Ya se había convertido en algo casi habitual. A veces, y ciertamente cada vez ocurría con más frecuencia, lo que al principio parecía una misión sencilla acababa complicándose, y alguno de ellos escapaba con vida por los pelos. Luego, con la adrenalina todavía latiéndoles en las venas, Dean y Cas hacían el amor con una desesperación que rayaba en la violencia, tratando de exorcizar en la cama el miedo que no habían podido dejar atrás en el campo de batalla. El terror de perder al otro.

- En parte- admitió Castiel-. No soporto estar lejos pensando que tal vez te halles en peligro, sin poder localizarte para comprobar si estás bien. Pero lo que te he dicho antes también es verdad. Dean, sé que esto es lo que debo hacer. Y también es lo que quiero hacer.

Sabía que debería seguir intentando convencerle de lo contrario. Dean se había pasado la vida dependiendo de sus seres queridos y se había jurado que nunca haría lo mismo con Cas, así que ni siquiera había rechistado cuando el ángel decidió marcharse en esa búsqueda delirante. No se había quejado, a pesar de que cada segundo sin él le dolía físicamente de lo mucho que le echaba de menos. Ni una sola vez le había pedido que volviera, por más ganas que tuviera de hacerlo. Le había dejado libre, esperando pacientemente y atesorando cada momento que podían pasar juntos como si fuera el último. Y ahora, si quería mantener esa actitud, tenía que ser fuerte y convencer a Castiel de que siguiera usando esa libertad.

Pero en ese momento, a Dean le importaron un rábano su actitud, sus propias normas, sus rollos de dependencia emocional y hasta si Dios llegaba a aparecer para salvarles el culo en el último momento o no.

En ese momento, lo único que sabía hacer era ser feliz.

- ¿Quieres… quieres decir que vas a quedarte conmigo a partir de ahora?

Castiel asintió, sus ojos recorriendo cada rasgo del rostro de Dean con algo que el cazador sólo podría describir como devoción.

- Si depende de mí, no volveré a alejarme nunca más- prometió, muy serio.

Dean tan sólo pudo sonreír e inclinarse para besarle de nuevo.

Al fin y al cabo, ¿quién era él para decirle a un ángel dónde tenía que estar?

No hay comentarios.:

Publicar un comentario