Nunca como había imaginado, la última noche en la tierra. Había pensado mucho y bien, iluso como fue, soñando: una noche de sexo, con más alcohol que sangre en las venas y desfasar un poco con los suyos (los que quedan), o quizá con nadie, solo Sam y él como siempre ha sido, compartiendo una cerveza amarga y a ratos compartiendo más, mucho más, ante un amanecer pálido y prometedor. Morirían como héroes aunque no lo fueran realmente y en lo más hondo la brizna de esperanza que quedaba hubiera dado el impulso suficiente, removiendo viejas creencias diciendo que todavía, todavía podrían ganar. Y lo harían. Hubo un tiempo donde nada ni nadie podía pararlos, ¿no es así? Winchester, como el rifle, leyendas de guerra. Ni demonios, ni ángeles, ni dioses sobre el asfalto de la carretera; mucho más fácil, solo ellos dos contra el mundo, y en un segundo plano el coche, el padre desaparecido al principio y luego muerto pero siempre invencibles, siempre juntos contra viento y marea y todo lo malo apenas podía hacerles frente. El rock and roll como banda sonora y los abrazos como las recompensas más preciadas.
Nunca como había imaginado, la última triste y desganada noche en la tierra. Dean Winchester ya ha perdido antes de comenzar. Hace meses que ha perdido. Está sólo aunque los miembros de la resistencia lo rodean hasta donde le alcanza la vista y siente, acertado, que no conocía a nadie. Tampoco quería dejarse conocer. No hay interés. Perdió a la madre cuando era un niño. Sigue adelante. Perdió al padre, dejándole el corazón hecho un puño. Sigue adelante a trancas y barrancas. Perdió parte de sí en el infierno. El castillo de naipes empieza a desmoronarse. Perdió a todos los que quiso, sin parar, cayendo como simples peones en el juego de tronos; ocurrió en la partida de ajedrez más cruel jamás habida y por haber. El show continúa. ¿No fueron bastantes sacrificios? ¿No sirvió de nada? El sufrimiento fue desgarrador pero oh, Dean no tenía nada de moral ya. Dean hubiera hecho cualquier cosa; los hubiera vendido a todos al mismísimo diablo por él. Fue allí, con la muerte de Sam, cuando las carreteras secundarias se resquebrajaron por completo y él perdió la vida y la pesadilla se volvió el pan de cada día y ni los sueños ya tenían color. Al final todos se van. Hasta Sam se marchó. ¿En qué se ha convertido esta historia? Nunca como había imaginado.
La última noche en la tierra, nunca así imaginada, los malos ganan. Sam no dijo “sí” nunca. Idiota. ¿Cómo iba a decir que sí? Nunca dijo sí. Nunca debería haber dudado de él. Sam dijo que le quería, aquel día, drogado en un hospital tras una historia demasiado larga que contar. Imbécil. No, no, no, debería haber sido él el que se lo dijera. Sam murió en una batalla más, invencible, alto como un gigante, la misma mirada desprovista de maldad que había tenido siempre y el cabello despeinado. Lucifer, traidor entre traidores, la paciencia exhalada en un suspiro y adiós para siempre. No habrá otro recipiente. Sam murió y Dean murió allí también. Desde entonces como alma en pena, como marioneta, como los versos más tristes en la mirada. Sigue andando, vivo por suerte o desgracia pero podrido, asqueroso, desgarrado por dentro. Nunca más una sonrisa canalla. Nunca más nada en meses grises y vacíos y aborrecibles.
El final no tarda en llegar. Dean lo intenta con vaguedad esta vez, ebrio de pena y dolor, en un combate en el que ya no tiene nada que ganar. Hace como los cisnes, que se vuelven más bellos y mortíferos antes de morir: kamikaze, huracán, arrasa por donde pasa durante una, dos, tres horas en la última gran batalla, pensando en venganza y no en salvación, pensando en Sam y no en el resto del mundo.
Una vez caído ya no se levanta. La sangre brota del pecho –quién lo ha herido, ¿Lucifer?, ¿el mismo que mató a su hermano?; ¿o tal vez sus propios recuerdos?, o quizá un demonio más sin importancia, sin un rostro que recordar–, el barro le mancha los tejanos y el corazón, los labios le hacen daño al rozarse contra el asfalto. Se da la vuelta y es conciente de que allí va a morir, en medio de la nada, sangriento y humillado y rendido y desprovisto de todo lo que quiso. Aún le da tiempo a ver los primeros rayos de luz. Ya nadie intenta terminar con su vida. Pasan a su lado, demonios y humanos, con marcha imperial y apestando, no, hediendo a pólvora y gasolina, a sudor y rabia, a miedo y terror. Sin rostros. Se desangra…
El sol muy límpido. Nunca como había imaginado. ¿No debería haber una tormenta? Los truenos cayendo en honor de los derrotados o en celebración de los victoriosos. Una oscuridad digna del nuevo mundo, ¿no?, ¿no es así cómo debería ser? No. ¿No debería estar apuñalando a Lucifer? Qué hay de todos los sueños que una vez tuvieron. Qué hay del viaje al Cañón de Colorado. Qué hay sobre las conversaciones que tenían que haber tenido y nunca tuvieron, qué hay de los abrazos que nunca se dieron, de las promesas que jamás cumplirán, del mundo que ya no podrán salvar. Es tan tarde y todo está tan equivocado. Las lágrimas se le acumulan en los ojos y cuando se va, despacio y doliente, no siente que deje nada atrás.
Sam, ¿hacia dónde? Cielo o infierno. A cara o cruz el destino juega con él y aunque sabe que volverá al lugar donde quema a 200 kilómetros por hora, espera que Dios conceda un último deseo desesperado y Sam está esperando, esperando a que ardan juntos hasta las cenizas, porque no concibe otra manera de que continúe rodando esta esfera a la que llaman Tierra, este conjunto de planetas y galaxias y conceptos a los que llaman universo. Es así como termina. La respiración se le vuelve débil hasta desvanecerse, los párpados se le cierran y los músculos se vuelven pesados. Los ecos de las pisadas a su alrededor y luego ya no escucha nada. El amanecer se tiñe de un rosa pálido y alguna nube blanca cruza el cielo azul. Sopla una brisa cálida, triste, y ya nunca más invencible, el aliento se le diluye en el aire y el corazón no vuelve a latir...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario