“Sam oye... Nosotros tres no tenemos nada más. Yo no tengo más. A veces siento que apenas me tengo a mí.” Dean 1x21
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Una bofetada de aire frio le da justo en el rostro, revolviéndole el cabello y aclarando sus pensamientos. Siente la necesidad de velocidad, por eso hunde el pie sobre el pedal con más fuerza de la necesaria. El motor del Impala ruge como si se tratara de un animal salvaje, impulsando su cuerpo hacia adelante, devorando kilómetros con cada segundo, convirtiendo su mundo en un oleaje de colores y masas deformes que son dejadas atrás ante sus ojos.
Desde pequeño ha amado la velocidad. El viento en su rostro, aquella sensación de libertad que agujerea su cuerpo, como si se tratara de un animal salvaje e indomable, con el mundo a sus pies. Una fiera que recorre corriendo cada centímetro del mundo que se abre paso ante él. Cuando tiene las manos en el volante, el pie en el acelerador y un camino por delante, sin importar el rumbo, se siente vivo, audaz, ajeno completamente al mundo que le rodea.
Y en ese momento es lo que desea. Alejarse completamente de la realidad, de su realidad.
Con una mano en el volante y los ojos en la carretera, coloca una vieja cinta de Gun’s and roses, que en pocos segundos inunda el automóvil con los primeros acordes de Estranged. Saborea la ironía de la vida mientras tararea la letra de la canción. Precisamente tenía que ser esa canción la primera en escuchar después de lo sucedido el día anterior.
Recuerda claramente los gritos, el rostro de John mientras discutía y los ojos de Sam al tomar su última decisión. La verdad es que es difícil olvidar algo así en tan poco tiempo, pero Dean solo quería dejar toda esa mierda atrás, borrarla de su mente y aparentar que nunca hubiera sucedido. Pero era difícil tan solo intentarlo, y porque no, también era doloroso. Nunca, en todo lo que llevaba de vida, hubiera pensado que un día como ese se cruzaría en el camino de la familia Winchester, o mejor dicho, de los tres hombres Winchester. La idea de que Sam los hubiera dejado para seguir un camino muy distinto al de ellos, le era impensable, inverosímil, y tan real.
Desde la muerte de su madre siempre habían sido los tres. Solo los tres. No importara donde estuvieran, si cazando o en medio de la nada, en algún paraje perdido en el mapa de los Estados Unidos. Eso no importaba, mientras se mantuvieran juntos. Y si en algún momento John faltaba (como solía ocurrir) al menos siempre estaban ellos dos para protegerse mutuamente, hablar charadas a media noche o caerse a puñetazos por alguna estúpida broma, o mejor dicho, molestar a Sam hasta que este perdiera los estribos y se le lanzara encima. En todos esos años había sido así, ahora todo parecía derrumbarse como un castillo de naipes o un espejo que se hacía trizas contra el suelo.
Aun no creía que Sam les hubiera hecho eso, sobre todo a él. Dejar el motel con un portazo, con solo unas cosas encimas y el dinero suficiente para huir de ellos como si fueran sus enemigos. Se siente traicionado, molesto y con ganas de beberse toda la reserva alcohólica del maldito pueblo más cercano. Quizás, hasta con ganas de darle un puñetazo en el rostro a su “hermanito”, a ver si se le quita lo idiota. Pero en parte, lo comprende. A veces, cuando se encuentra solo en un parque o en algún café de una ciudad desconocida observando sus habitantes en plena faena diaria, desea ser como ellos, con una vida normal y sin más problemas que preocuparse que equipo va ganando la liga o cual será la próxima salida gamberra o tal vez (solo un tal vez) en alguna estúpida discusión con alguna novia.
No obstante, la vida de un Winchester no puede ser para nada normal. La gente normal no va de una ciudad a otra, de motel en motel, buscando problemas, cazando los seres que habitan en la oscuridad, que forma parte de las pesadillas de los niños y las leyendas que recorren el mundo entero como cuentos para días sin lunas y fogatas a media noche. La gente normal nunca ha visto un fantasma, un hombre lobo o un vampiro. Y definitivamente no funde plata para hacer armas, usan la sal para cerrar puertas y ventana, hablan latín o compran ingredientes de lo más extraños para preparar cualquier amuleto que los ayude a cumplir su misión, y mucho menos tienen el maletero del coche abarrotado con una arsenal de cuchillos, estacas, rifles con balas de sal, agua bendita y crucifijos de plata. Al fin y al cabo, la gente normal no sabía lo que ellos sí.
Entendía y a la vez no a su hermano. Claro que a él también le hubiera gustado tener una vida normal, ir a un instituto, tener amigos, una novia y salir de farra los fin de semanas, celebrar un cumpleaños o una navidad como Dios manda y por supuesto, tener la oportunidad de crecer con una madre y no cazando. Pero todo eso se desvaneció el día en el que Mary Winchester murió. Él lo sabía, pero al parecer Sam no. Él había preferido tomar sus maletas, montarse en un autobús y largarse antes de aceptar eso.
Por mucho que lo pensara aun no podía creerlo. Los gritos, el comportamiento de Sam y su padre, hasta su falta completa de intervención. Estaba molesto con todos, con Sam, con su padre y hasta con él mismo, hasta con esa porción de vida que les había tocado a ellos.
Aquella mañana cuando despertó aun mantenía la esperanza que Sam hubiera regresado, hablado con su padre y hecho las paces, solo para llevarse otra decepción. Sam no estaba ni iba a regresar, John se había marchado a cazar y él se había quedado solo, con la única compañía que la del Impala. Así que tomo las llaves del coche, se vistió rápidamente, tomo su cazadora de cuero y se metió en su fiel corcel de metal, acelero todo lo que pudo y salió de aquel lugar como un torbellino.
Llevaba ya medio día en esas, vagando por senderos desconocidos y sin un mapa en mano. No le importa perderse o que John llegase a su habitación sin hallarlo, ni a él, ni al Impala. Está buscando una vía de escape para aquella traición y no se detendrá hasta encontrarla. Después de todo, Sam, el pequeño Sammy, los ha dejado. Lo ha dejado. Le urge desahogarse.
Después de todo, siempre habían sido los tres, y ahora sentía que solo le quedaba él mismo y el Impala.
- Pero eso no será así, no si yo puedo evitarlo – susurro para si mismo, con más seguridad de la que en realidad sentía.
Porque a partir de ese día Dean Winchester se convertiría en el mejor cazador después de su padre, acabaría con fantasmas, zombis, hombres lobos y toda criatura que se le atravesara en su camino. Seguiría a John Winchester hasta el fin, y haría todo lo posible para que Sam regresara a su lado. Pero algo era cierto, a partir de ese momento solo se tendría a sí mismo.
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